Todas las entradas de: OIMAKU

OIMAKU de la canción de mi primo en Galicia

OIMAKU de la canción que mi primo no paró de tocar durante el viaje que hice con mis tíos a Galicia. Rasgaba las cuerdas de la guitarra con fuerza y la cantaba en una espiral de rabia que sólo crecía a cada vuelta del estribillo. No estoy seguro si tanta vehemencia era causada por una reciente ruptura con una chica, a la que sólo conocí de nombre y cuyo asiento acabé ocupando de rebote en aquellas vacaciones. Lo cierto es que era una gozada escucharlo. La canción ha seguido en mi cabeza después de tantos años. En su día intenté buscarla por internet pero no di con ella. Mi primo, cuando le pregunté, tampoco la recordaba, menos cuando yo intentaba miserablemente tararearla. Para mi sorpresa, volví a probar suerte hace unas semanas y Google me la devolvió. Era “Tocaré” de Tahúres Zurdos. He vuelto a escucharla pero, aunque la letra no ha perdido un ápice de su energía, la angustia adolescente de aquel verano no ha regresado con ella.

OIMAKU del muerto en el tren

OIMAKU de un tipo que me encontré un lunes por la mañana en el tren que iba a la universidad. Era grande, tendría unos veintipico o treinta años y parecía haberse quedado grogui en uno de los asientos del fondo del vagón. Todo su cuerpo se apoyaba contra el respaldo y el reposabrazos en una postura muy incómoda. Tenía la cabeza recostada sobre el hombro y la boca abierta. La estación era final de trayecto, así que consideré oportuno despertarlo antes de que el tren partiese y lo hiciera desandar camino. Para no asustarle, lo avisé con voz suave pero no respondió. Me acerqué y volví a intentarlo. Lo llamé más fuerte. Nada. Llegué a gritarle un poco. Estaba a escasos centímetros de él cuando me giré y vi a todos los pasajeros mirándonos en silencio, entre expectantes y acojonados. ¿Estaba muerto? No movía ni un músculo, no daba la impresión de respirar. Empecé a acercar la mano muy lentamente hacia su rostro. Sentía los ojos del resto clavados en mi nuca. Parecía una estatua, joder. Tenía el miedo en el cuerpo y un extraño orgullo heroico. ¿Estaba a punto de tocar un cadáver? Llegué a imaginar que venía la policía y me interrogaba. Le di dos cachetes en la mejilla. El tipo levantó la cabeza sin poder despegar los párpados, desorientado, cabeceando de izquierda a derecha. Se puso en pie como un perro de caza que ha oído la presa y salió del vagón rígido como un zombi, empujando a todo el mundo. Ni gracias ni pollas. Llevaba un colocón de aúpa. Los demás viajeros ya había empezado a sentarse antes de que yo pudiera levantarme del suelo.

OIMAKU del aceite del local de cazadores

OIMAKU del local de cazadores de Valderrubio, Granada, donde habíamos ido a ver la casa de Bernarda Alba, la real y no la literaria. El edificio estaba totalmente descuidado, cubierta toda su fachada blanca por una enorme enredadera seca. Desencantados, nos sobrevino el hambre y la sed. Habíamos llegado con la única combinación de autobuses posible en pleno mediodía de julio andaluz y aquello estaba muerto. Un hombre que pasaba en bicicleta nos señaló una puerta sin letrero. Era el lugar de reunión de la asociación de cazadores del pueblo. Debíamos de tener una pinta de guiris espantosa. Pedimos para beber dos rondas. Acostumbrados a otros tapas más espectaculares y copiosas (paella, migas), casi miramos con desprecio el solitario trozo de lomo sobre la rebanada de pan que nos sirvieron. Al probarlo, me tragué con él mi soberbia. Sentí las lágrimas de placer inundar mis ojos: insuperable. Cuando marchábamos, le pregunté al dueño por la carne. Orgulloso y sin pronunciar una palabra, adornándose con un halo de misterio, levantó una recia y grasienta botella de vidrio llena de un aceite oscuro, prácticamente verde, tan denso que apenas dejaba pasar la luz. Aun sigo fascinado por aquella visión casi celestial.

OIMAKU del “adéu” en Zahara de los Atunes

OIMAKU de la manía de decir “adéu” sea el rincón de España que sea y, especialmente, recuerdo una vez en Zahara de los Atunes, donde al salir de una tienda dije “adéu” y entendí que me respondían lo mismo. El hecho es que llevaba un par de días obsesionado con el tema, pues tenía la impresión de que me había sucedido más de una vez. Carcomido por la duda, le pregunté a la persona que me acompañaba si la dependienta me había dicho adiós en catalán. No sé si me respondió afirmativamente o que no se había dado cuenta. Fuera la que fuera su contestación, no me sirvió porque, en un acto de extravagancia, volví a la tienda y le pregunté directamente a la mujer. Con una mueca que conjugaba una especie de extrañamiento impasible, me contestó con firmeza que me había dicho “hasta luego”. Su voz y su rostro duro, me acongojaron de tal manera que pedí perdón y me marché avergonzado.

OIMAKU del Dynablaster

OIMAKU del videojuego Dynablaster, más conocido en todo el mundo como Bomberman. Lo conocí a través de mi amigo A., el mismo que me dio a conocer joyitas como Monkey Island o Maniac Mansion. Era un vicio, pura adicción, especialmente en modo batalla. Al principio siempre ganaba él, tendiéndome trampas, rodeándome de bombas. Cuando viví en Inglaterra, resucité el juego en pareja. En nuestro apartamento británico sin conexión a Internet, y junto con el Wacky Wheels, disfrutamos recogidos en el salón de divertidísimos piques frente a la pantalla del portátil.

OIMAKU del ladrón de lotes de Navidad

OIMAKU del tipo que intento llevarse de manera descarada y chapucera un lote de Navidad en una estación del metro. Iba caminando tranquilamente con un lote navideño hacia los torniquetes de salida cuando la mujer que yo tenía al lado miró al suelo y luego al hombre, y le gritó. La mujer debía de haberse despistado hablando con su amiga, probablemente una compañera de trabajo, que tenía un lote igual a los pies. Ella le preguntó acusadoramente dónde pensaba que iba con ese paquete. Él, detenido en mitad del andén, hizo una actuación lamentable. Estaba entrado en los cuarenta, fondón, con gafas y abrigo y sin demasiadas posibilidades de salir corriendo. Soltó una especie de “oh” y se excusó diciendo que se había confundido mientras se agarraba las solapas del chaquetón como en una peli de espías. No supo responder cuando ella le preguntó con qué lo había confundido. Una vez devuelto el lote, ella lo estuvo insultando a viva voz hasta que salió de la estación. Fue muy triste, en cualquier sentido del término.

OIMAKU del olor a mamá

OIMAKU del olor a mamá, o de lo que yo asociaba de pequeño al olor a mamá. Era la fragancia de la ropa recién lavada. Las sábanas, los jerseys, las camisas, las toallas, todo salía de la lavadora con un aroma fresco y relajante. Me encantaba. Tanto que, siendo sincero, en más de una ocasión estuve tentado de meterme un trozo de colcha en la boca, de comérmelo, devorarlo. Ya emancipado, sacaba mi ropa del tambor y no olía igual. Creía que era porque faltaba el toque especial de mi madre. Sin embargo, la terrible verdad, la mefistofélica y espeluznante verdad, es que el olor de mi madre no era otro que el de Mimosín, cacitos y cacitos de Mimosín. Con mi sueldo, sólo compraba la marca blanca del Dia y soñaba, poética pero devastadoramente engañado, con un olor materno ubicado, en realidad, dos baldas más allá, tres veces más caro.

OIMAKU de mi filosofía de no comprar libros

OIMAKU de mi filosofía de no comprar libros porque se pueden leer tanto en las bibliotecas públicas y me queda tanto por leer… La decisión me vino por el mucho espacio que ocupan y el dineral que cuestan, y por los problemas durante las mudanzas de tener que cargarlos todos. Recuerdo mi primera mudanza, cuando me cargué de libros que al final no leí y que tuve que cargar de nuevo para la segunda.  Esto fue antes de que aparecieran o se conocieran los ebooks. Sin embargo, pese a todo, avances tecnológicos incluidos, la realidad es que mi biblioteca personal sigue creciendo y el espacio en casa menguando. Mi pareja se ríe de mí, de tanto que le calenté la cabeza cuando nos conocimos para luego tener que tragarme mis palabras una a una, página a página.

OIMAKU de las fichas de parvulario

OIMAKU del verano previo a empezar parvulario, que entonces, al menos en mi pueblo, se llamaba “parvulitos”. No hacía más que preguntarle a mi madre, cuando se tumbaba a mi lado para echarnos la siesta juntas, cómo era aquello de ir al colegio. Estaba echa un saco de nervios ante tal novedad. Me decía que me lo pasaría muy bien jugando y cantando con otros niños y, sobre todo, pintando fichas, ya que garabatear todo lo que pasaba por mis manos era mi mayor afición a por aquella época. No entendía que las fichas eran hojas de papel para aprender y colorear, y yo me imaginaba rodeada de niños trabajando sin descanso, fabricando fichas de parchís a destajo, como cuando oyes hablar de la explotación infantil en China, o algo así. Por eso no lloré el primer día de clase como otros niños, porque en cierta manera, sentí alivio.

OIMAKU de las pruebas del asma en el hospital militar

OIMAKU del día que tuve que ir a hacer las pruebas del asma al hospital militar para evitar la mili. Era el último año que era obligatoria. Aquello fue una broma, un broma con la que me acojoné. El hospital imponía respeto por su austeridad. Para medir la capacidad pulmonar, acostumbran a hacer dos mediciones, una en reposo y otra después de hacer ejercicio, y se contrastan. Habituado a las máquinas electrónicas, me quedé esperando el pitido de aviso o la señal de la enfermera, respirando con el tubo en la boca. Pero no hubo nada de eso. La enfermera me soltó con severidad marcial que a qué esperaba. Intenté explicarle que esperaba el aviso pero, sin dejarme hablar, me contestó que “eso lo hacéis para cansaros”. Tras la medición, me hizo salir al pasillo, donde esperé sentado con mi padre, para luego soplar una segunda vez. Había venido en chándal para nada. Volvimos a esperar en el horrible pasillo, y luego me hicieron pasar a un despacho donde estaba la enfermera y una doctora tras un escritorio de madera imponente. Me hicieron unas cuantas preguntas, con bastante mala leche. Todas iban con la misma insidia, como acusándome de ser un desleal por intentar eludir el servicio militar por un asma alérgica de nada que casi había llegado a matarme de pequeño. Después de tanto rollo, y con el culillo apretado, me libré de la  mili, pero por excedente de cupo.